Tejados

Los tejados permanecen ajenos a todo cuanto sucede, y nosotros les respondemos con la misma indiferencia. Las prisas, los móviles, el calor… cualquier excusa vale para no mirar hacia arriba. Curiosamente, si alguna vez nos fijamos en ellos es cuando desde la altura nos da por mirar hacia abajo. Cosas de la antropometría, la vida a medida del hombre. Y con el empleo de esa escala, el hombre pierde de vista todo lo que la vida le oculta.

Juan Bustos, sevillano maestro de periodistas granadinos, siempre decía que nos perdemos tanto por no mirar hacia arriba. Arriba está ese puerto natural de estrellas por cuya bocana, las pequeñas ciudades que se asfixian a sí mismas, presas de encantos y melancolías, tienden a huir de la realidad cotidiana preñada de mediocridad; arriba está esa ventana que refresca; de arriba cae el agua que ansiamos… y en todo lo alto se refugian los tejados a cuya indiferencia devolvemos indiferencia.

Para mí los tejados suenan a Quique González, suenan a pisadas de gato y huelen a palomas y ramas secas y quebradas. Tienen un aire romántico, decadente, ajado. Sus tejas nos acompañan desde hace siglos, calladas, abrazándose unas a otras de manera fiel, dándose un sí quiero para toda la vida, hasta que la muerte las separa de repente, haciéndose añicos un pequeño trozo de historia cocido en barro.

 

 

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