Olores sacros

 

Cuando veo la puerta de una iglesia abierta, no me lo pienso. La cruzo siempre con la certeza de que al atravesar su dintel, voy a introducirme en una nueva dimensión del espacio y del tiempo. Nada avanza en su interior. La luz se congela, al igual que la existencia misma que se engarza, en paralela sintonía, con las imágenes que se refugian del inexorable paso del tiempo entre hornacinas, retablos y columnas. Hasta los olores parecen flotar inmóviles en la cargada atmósfera moldeada por el humo de las velas votivas, el incienso gastado, las plegarias lloradas y los rezos desesperados.
Da igual el rincón del mundo en el que esa iglesia se encuentre, las sensaciones serán siempre las mismas. Sus olores, el peso de su siempre escasa luz; pareciera que la fe precisara de esos ingredientes para poder germinar, incluso en el pecho de quien solo movido por la curiosidad y el afán de curiosear la historia de sus muros y molduras, atraviesa cada una de sus puertas con el oscuro deseo de hallar alguna respuesta a las preguntas que siempre están y nunca quedan satisfechas.

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