No todo está perdido

Faltaban unos minutos para las tres de la tarde. Ya quedaba muy poca gente en la oficina, quizás algunas personas más de lo habitual a esa hora, porque habíamos decidido salir a celebrar el Santo de Ana. Celia entraba en mi despacho y me decía: “no tes imaginas la visita que se le ha colado a Paco”. Pasados unos segundos en los que he asimilado la carga irónica del comentario, he sonreído y, levantándome de mi mesa, aún con tantos correos sin contestar, he salido para buscar a Paco y su inesperada visita. He ido a su despacho, pero no había nadie. Inmediatamente he mirado hacia el final del pasillo, buscando la mirada de Cristina quien, con esa sonrisa tan suya, con la que siempre exhibe su tradicional buen humor, me ha indicado que debía dirigirme hacia el salón de plenos.

Apenas había dado dos pasos, Paco ha irrumpido por el mismo punto en el que mis ojos habían pasado segundos antes. Tras él, su inespera y sorpresiva visita, dos niñas y un niño. Ellas eran mayores, doce años como máximo; él era el hermano de una de ellas y era el pequeño del grupo. Paco venía hablando con los tres. Les explicaba algo que no acerté a escuchar, pues mientras ellos venían, Celia me estaba contando que ese trio se había presentado de repente para “hablar con el alcalde”.

Como suelo hacer con cada una de las visitas que recibe Paco, he accedido al interior del despacho de trabajo tras ellos. Paco me ha pedido uno de los periódicos de ayer. Rápidamente me he puesto a buscarlo sin fortuna. Seguía oyendo a Celia contándome todo. No obstante, la propia Celia, desaparecida de repente, irrumpía con el ejemplar buscado. Paco se ha puesto a buscar una noticia en concreto, la que hacía mención al derribo de un hotel en el centro de la cuidad que, al parecer, aunque serias dudas, pudo ser la primera vivienda de Lorca en Granada.

No me dio tiempo a preguntar la razón de buscar esa noticia tan poco infantil en principio. Por un momento pensé que se trataba de uno de los juegos con los que Paco improvisa para entretener a los chavales. Su vocación docente hace que se sienta en ese espacio como pez en el agua. Pero no iban acertados mis pensamientos. Paco simeplemente ejecutaba el deseo de la joven audiencia que deseaba “investigar” si el citado inmueble era o no realmente la casa de Federico. 

Los tres niños habían llegado al Ayuntamiento acompañados por sus padres, para investigar. De hecho, el rato que han estado esperando a Paco en la antesala de la galería de alcaldes, se han dedicado a comentar a urgieres, policías y funcionarios que topaban con ellos, que eran investigadores, que su deseo no era otro que el de conocer.

Mientras leíamos la noticia, los críos hacían preguntas. En realidad dos de ellos. Una de las niñas parecía ir a remolque de su hermano y su prima. Han preguntado si no había forma alguna de conocer si aquella casa fue realmente la morada del poeta. Nos han llegado a decir si “en esas cosas antiguas en las que antiguamente se echaban cartas, no había algo que dijera que Lorca anduvo por allí“. Nuestras respuestas no satisfacían sus deseos. Mucho se temían que toda la espera había sido en vano. Pero Paco les ha dado una fotocopia de la página en cuestión y les ha dado un par de ideas para no sucumbir al desánimo y continuar con la tarea que les había llevado hasta allí, lo que ha devuelto la ilusión al equipo de jóvenes investigadores que, con sus copias y una tarjeta del alcalde, han salido del despacho con una aventura que contar.

Antes de bajar al patio sí he querido contarles que un cuñado de Federico llegó a ser alcalde por unos días de la ciudad, y que un cuadro de la galería de alcaldes así lo atestiguaba. Al llegar a la pintura les he hablado de Manuel Fernández Montesinos, su parentesco con la familia Lorca y su trágico final. En ese momento, la niña que claramente dirigía el comando, rubia, pelo recogido en una cola de caballo, aunque despeinado y con un mono color salmón, me ha mirado y me ha dicho: “yo quiero investigar dónde está enterado Federico García Lorca”.

Hemos bajado las escaleras porque en el patio esperaban sus padres. Y cuando ya les he dejado con ellos, y tras agradecerles la visita, he podido escuchar las dos grandes cosas que más les habían gustado de su aventura, quizás inolvidable, que habían estado en el despacho del alcalde y que el alcalde les había dado una tarjeta de visita “con su correo, con el correo electrónico del alcalde, mami”.

Sinceramante no sé el tiempo que esta cita se guardará en la memoria de estos niños. Pero os aseguro que en la mía se va a quedar como una de las anécdotas más bonitas que me lleve de esta etapa de mi vida. Críos con ganas de saber, con el deseo preguntar, con la inquebrantable voluntad de llegar hast donde sea para conseguir su meta. Y entonces he sonreído y he pensado que quizás no todo está perdido.

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